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Y DEMÁS/El crepúsculo de la estupidez
Ahora que ya ganó Trump ¿se acerca la muerte del wokeísmo? Esta corriente que se ha infiltrado en el entretenimiento, la política, las grandes empresas y que ha provocado un enorme daño emocional a millones de personas sufrió un golpe brutal a sus postulados con la reelección presidencial de Donald Trump. La pregunta ahora es si vendrá una estocada final al reducírsele su financiamiento oficial, o si los wokes solo tuvieron otro tropezón y esperan otra oportunidad para medrar con una causa, como lo hicieron con el caso de George Floyd. La guerra cultural en Estados Unidos quizá está por entrar en su fase decisiva
NOVIEMBRE, 2024. The New York Times no se distingue
por
decir la verdad, pero en esta ocasión hay pocas razones para dudar de
la nota escrita por un tal Jeremy Peters, quien cubre asuntos
nacionales en ese diario. De acuerdo a su artículo, el wokeísmo,
esa policía del pensamiento que lo mismo ha arruinado al
entretenimiento que a la experiencia de estudiar en una universidad
norteamericana, el movimiento woke va en franco declive. El wokeísmo comenzó a infiltrarse en la vida de los Estados Unidos tras el triunfo electoral de Barack Obama en el 2009, primero de puntillas y luego como embestida una vez que el señor consolidó su segundo mandato. Lo woke ya existía en los planteles escolares desde los años 90 pero comenzó a crecer, primero, cuando las enormes fiduciarias como Black Rock condicionaron sus préstamos a las pequeñas y medianas empresas para que promovieran las entonces llamadas "políticas de identidad" que más tarde serían conocidas como DEI (Diversity, Equity, Inclusion). Esa ha sido la razón, por encima de un súbito interés de esas empresas por la tolerancia y el movimiento LGBT por la cual Hollywood, la industria editorial y los monstruos como Google y Facebook promueven esa basura doctrinaria. Todas las grandes empresas requieren liquidez constante para cumplir sus compromisos, en especial el pago de sueldos y mantenimiento de infraestructura. Si no se plegan a esa inclusión, simplemente no reciben los fondos por parte de las fiduciarias. Pero como toda práctica socialista, lo que nunca imaginaron los genios de Black Rock es que la gente rechazaría esa imposición dado que en un país de libre empresa como Estados Unidos, el consumidor tiene un abanico de opciones y su poder adquisitivo le permite castigar a esas empresas no comprando sus productos, dejando de ver sus películas o de adquirir artículos los establecimientos woke. Es lo que hoy conocemos como go woke go broke, es decir, haste woke y te irás a la quiebra. Con todo, el wokeísmo recibió un inesperado regalo tras la muerte de George Floyd. No importaba que el incidente ocurriera en Minneapolis, con un alcalde demócrata, y en un estado gobernado por los demócratas, la culpa era de Donald Trump. El wokeísmo creció exponencialmente, había que meterlo por el cogote a los norteamericanos para que dejaran atrás su "racismo sistemático". Eso fue apenas cuatro años, y a la distancia podemos ver los catastróficos efectos que el wokeísmo ha tenido en la vida de Estados Unidos: adolescentes con la testosterona extirpada, con una inmadurez emocional donde un veinteañero recién egresado llora y patalea porque alguien de la oficina se dirige a él con el pronombre equivocado; hombres y mujeres quienes al llegar a la adolescencia experimentan bruscos cambios que la izquierda ha explotado como bandera política. "La constante lucha entre la testosterona y las feromonas durante la adolescencia nos lleva a episodios donde crees que te atrae alguien de tu mismo sexo cuando en realidad se trata de bruscos ajustes hormonales que se dan durante ese periodo de nuestras vidas. Todos atravesamos por esa tormenta hormonal pero al final tu sexualidad alcanza un equilibrio entre tu cuerpo y tu estado emocional. Alterar este proceso trae consecuencias devastadoras; nuestro cuerpo es el que nos define; es ilusorio suponer que nosotros somos capaces de definir a nuestro cuerpo". señaló Celis. "Esto nada tiene que ver con el patriarcado ni con imposiciones machistas". Pero a diferencia de hace ocho años en que el triunfo de Trump fue cuestionado por la supuesta influencia rusa en las redes sociales y a que "no había ganado el voto popular"--factor que en el sistema electoral no cuenta en lo absoluto para otorgar una victoria-- en esta ocasión Trump se llevó la Camara de Representantes, el Senado, el voto popular y tendrá más poder que el que llegó a tener en su primer mandato.¿Será suficiente para destruir a la ominosa y nefasta ideología woke? Por lo menos se espera que Trump erradique y mande a la basura toda la porquería woke que ese ha estado impartiendo en las fuerzas armadas así como en las dependencias y los planteles escolares públicos. Sin embargo, el presidente electo se topará con un escollo que en otras circunstancias se supone debería ser aliado suyo: el sector privado, representado en muchas empresas, en los emporios cibernéticos y otros gigantes corporativos que se han unido a la causa woke. El analista y hoy colaborador del gabinete de Trump, Vivek Ramaswamy, sugirió en su libro Woke.Inc y donde analiza ese fenómeno, que el Estado aplique incentivos fiscales a las empresas que abandonen esa bazofia doctrinaria. Sin embargo durante la primera presidencia de Trump se dio una importante rebaja al ISR y el wokeísmo siguió creciendo al interior de esas empresas. Lo conveniente es hacer a esas empresas más eficientes para que ya no tengan que depender de los fondos de esas fiduciarias. ¿Qué hacer? El wokeísmo se ha topado con un enemigo inesperado y formidable, precisamente aquél al que va dirigido el mensaje: el consumidor: el wokeísmo, como toda corriente socialistoide, no es autofinanciable y solo enriquece a quienes la promueven. Nadie compra esa basura voluntariamente, como lo hemos visto en Hollywood, donde franquicias otrora amadas como Star Wars y El Señor de los Anillos fueron destruidas por las políticas de identidad. Una y otra vez la gente repudia y evita comprar toda esa porquería pese a que las librerías se encuentran saturadas de títulos woke que solo acumulan polvo en los estantes. ¿Hasta cuándo se mostrarán esas empresas dispuestas a perder tanto dinero? "La promoción de ideas progresistas en los medios de comunicación y entreteniento viene directamente del pensador marxista Antonio Gramsci y fue aplicada a fondo durante el estalinismo", señala el analista Matt Walsh. "Ese adoctrinamiento masivo parecía funcionar pero un día cayó la URSS y el pueblo ruso no se preocupó en lo mínimo para preservarlo. Y si alguna vez toda esa propaganda llegó a funcionar ahí fue porque el ciudadano de un país totalitario no tenía más opción que consumirlo. Las teorías de Gramsci jamás funcionarán en Estados Unidos donde existe una economía de mercado y el consumidor tiene a disposición una oferta infinita de opciones y, sobre todo, posee poder adquisitivo que castiga o premia al comerciante". Con todo, y al igual que con el socialismo, es imposible que el wokeísmo prospere sin el apoyo y el financiamiento del Estado, como lo ha estado haciendo Javier Milei en Argentina, al momento que se le corten los fondos públicos, el wokeísmo, repudiado por la mayoría de la opinión pública, se está disipando. "Un soporte son las fiduciarias como Black Rock, otro los planteles educativos y el otro soporte es el Estado (...) el wokeísmo no puede sobrevivir sin uno de esos soportes", apunta Ramaswamy. En caso que el wokeísmo siga infiltrándose en la vida de los países occidentales, no solo Estados Unidos, "la sociedad experimentará en los próximos años una oleada enorme por casos de crisis de ansiedad, paranoia, conflictos emocionales y de identidad sexual provocados por esta corriente woke", establece la psicóloga Celis. "Miles de jóvenes que han caído en el universo woke son obligados a callar sus opiniones, a tragarse ideas que ellos no comparten y a ser acusados injustamente por cosas que ellos no hicieron solo porque tienen la piel blanca. Este sentimiento de culpa y represión mental tendrá consecuencias devastadoras en esos países los próximos años. Es un trauma imbuido que ha perjudicado a la psiqué de millones de niños y adolescentes que viven en un universo alterno pero se les ha hecho creer que es el real". Hasta hace poco, el wokeísmo era una enfermedad que solo se propagaba en los planteles universitarios y se quitaba cuando los egresados entraban al mundo laboral. Si el presidente Trump logra encerrar al wokeísmo nuevamente en los campus universitarios, el país le estará eternamente agradecido, incluso por millones de demócratas que nunca le aplaudirán en público. "El wokeísmo de izquierda, como el fascismo de derecha, son antinorteamericanos, no tienen cabida en esta sociedad", dijo el analista Matt Walsh. "Las recientes elecciones lo dejaron en claro".
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