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CINE

Espejito, espejito: ¿por qué en Disney
pululan los pendejos?
¿Por qué una empresa que
por décadas produjo el mejor entretenimiento familiar que atraía a
todas las edades terminó produciendo infumables porquerías que nadie
quiere ver? ¿Y por qué se sigue insistiendo en una ideología que,
desde el pasado noviembre, apesta a muerto? La respuesta se
sencilla: la izquierda norteamericana ha refrendado, con esta
versión de Blanca Nieves, ser más estúpida que la de otras
latitudes, si eso fuera posible. Ni se le ocurra comprar boleto para
ver esta mierda... así, tal cual
Versión impresión
Snow White
Rachel Zegler, Gal Gadot, Andres Burnap
Dirigida por Marc Webb
Disney/2025
MARZO, 2025. Es fácil aludir al título de
una de las novelas más famosas de
Gabriel García Márquez para
condensar lo que ha pasado con esta nueva versión de Blanca
Nieves. Quizá si adecuáramos el asunto un poquito más podríamos
decir que esta nueva pieza de excremento de los estudios Disney
viene a ser la anunciada crónica de la muerte del woke.
A ese consorcio donde supuestamente Bob Iger es quien toma las
decisiones más importantes, no le ha llegado el memorándum:
tras el triunfo de Donald Trump el pasado noviembre, el wokeísmo se
encuentra en proceso de putrefacción por lo menos en Estados Unidos;
el copetudo mandatario, a quien sus detractores jamás podrán acusar de desconocer el poder que da el dinero, ha sabido pegarle
a los promotores de esa mierda donde más les duele: su
financiamiento.
Al condicionar los fondos federales a las universidades para que
dejen de promover esa miasma, éstas se han olvidado del tema, les
cortó fondo en los departamentos (secretarías), incluido el
ejército, que debe estar conformado por hombres y mujeres valientes
y no por sujetes que ni siquiera saben de qué parte del espectro
sexual forman parte. La guerra cultural ha dado un golpe demoledor a
los wokes del que quizá no logren recuperarse.
Pero en Disney no se han dado cuenta. Si estuvieran
conscientes de esa decadencia, el mismo día en que ganó Trump
habrían anunciado la cancelación del estreno en los cines de
Blanca Nieves y la habrían enviado directamente a las
plataformas digitales.
Y sí, apenas unas horas antes fuimos a ver esta basura gracias a un
conocido a quien le regalaron un boleto de cortesía. Así pues, nos
preparamos con una caja de palomitas, dos hot-dogs, un
botecito de refresco de cola y un Carlos V. Todo en nombre de
nuestros lectores para ahorrarles su dinero y que lo gasten en algo
más provechoso.
La reina
(Gadot, quien nos muestra aquí,
sobradamente, que no sabe actuar) tiene un poder omnímodo en un reino ubicado a mitad
de un bosque que, quizá, su diseño sea lo único que resulta
atractivo en la película. Cada mañana la reina pregunta al espejo
"quién es la más hermosa" (en inglés cambiaron el "beautiful" por
"fair", es decir, "justa"; no se vayan a ofender las espectadoras
fellitas) y en una de esas éste le responde que Blanca Nieves.
¡Horror, es la muchachita que vive y trabaja en su mismo castillo
quien reta su belleza!
Blanca Nieves (Zagler), quien nos dicen es blanca porque nació "un
día en que cayó mucha nieve"--estupidez mayúscula de los wokes:
¿alguna vez la nieve que sueltan las nubes en un día gélido ha sido
de otro color?-- huye del castillo y se refugia en una casa en medio
del bosque donde todo es pequeño. De rato llegan los dueños de la
casa, unos "seres pequeños" quienes entienden los temores de la
muchacha.
Los enanos, que viven de la minería, aparentemente también tienen
conciencia social pues, al hablar de los bandidos del bosque, un de
esos "seres pequeños" afirma ufano que éstos "están ahí por la
avaricia de la reina que los ha llevado a los límites donde la ética
es difícil de definir". Vaya "seres pequeños": ahora nos salen con
que son ávidos lectores de Noam Chomsky, por Dios.
Pero los "seres pequeños" que aparentemente apoyan toda
reivindicación social no protestan gran cosa cuando Blanca Nieves,
quien invadió su espacio, los obliga a prepararle la comida y a
barrer sin que a ella se le ocurra tomar un trapeador para echarles
una mano, todo aderezado con cancioncitas insulsas, carentes de toda
inspiración, y una nueva versión, bastante desganada, del "ai jo ai
jo".
Y una clara muestra de que en Disney no trabaja gente que pudiéramos
llamar inteligente lo tenemos con la necedad, la terquedad, de
querer borrar de la memoria colectiva un clásico del cine estrenado
hace casi nueve décadas con una película mala que el espectador
termina por odiar. Cuando Sam Reimi dirigió la primera Spiderman de
la era moderna con Toby McGuire al frente, logró que de sopetón
olvidáramos los intentos anteriores, mediocres casi todos ellos. Eso
es amar el cine, entender al público al que va dirigido tu producto,
y dejarlo satisfecho.
Con esta Blanca Nieves ocurre lo contrario: cada diálogo chocante,
cada mamada woke, nos insta a salir de la sala para mejor ir a ver
el clásico que Walt Disney estrenó en 1937, cuando Lázaro Cárdenas
era presidente de México, Winston Churchill era el hazmerreír de la
política británica y Argentina aún no se topaba con la nefasta dupla
de los Perón.
Los bandidos del bosque son comandados por Jonathan, una especie de
Robin Hood quien ha sustituido al Príncipe Azul en la historia que
todos conocemos. Éste es el galán que terminará por conquistar a
Blanca Nieves. Todo terminará con un baile donde todos visten de
blanco, como si fuera ceremonia vudú. Quienes lleguen a este punto
de la película --por lo menos ocho espectadores ya habían abandonado
el cine-- se sentirán furiosos, como si los personajes les
estuvieran mentando la madre hasta el final. En vez de relajarse tras ver
Blanca
Nieves, uno sale molesto, incómodo ante tantos insultos a la
inteligencia, huecos argumentales y pendejada tras pendejada.
Bien merecido se lo tiene Blanca Nieves el
fracaso en los cines. La página IMBD nos dice que costó 250 millones
de dólares, algo dudoso si recordamos todos los remakes, los
arranques en falso y la reescritura del guión rebasan holgadamente
ese estimado. Vlogueros como astro recargado calculan que el costo
total se aproxima a los 300 millones de dólares, literalmente
tirados al excusado.
¿Hasta cuándo seguirá Disney empeñado en seguir
produciendo mierda que no le produce ganancias? La respuesta la
tiene, desde donde se encuentre, don Hermenegildo Torres, fundador
del PUP: "Nunca subestimes a un pendejo. Recuerda que para el
pendejo, aceptar que ha cometido una pendejada va contra su misma
condición de pendejo".
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