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Los celebridiotas, demócratas hasta la humillación y la ignominia

Hemos disfrutado de sus canciones, de su talento en pantalla, de su aportación artística, pero eso no da derecho a estas figuras a querer darnos sermones, que nunca les hemos solicitado, que insultan nuestras convicciones sociales y políticas. En los añoso de Biden, el peor presidente en muchas décadas, el querrer justificar la estupidez de los demócratas los ha llevado a posturas tan abyectas como irritantes

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AGOSTO, 2024. Durante un concierto celebrado en Ohio, el cantante y compositor John Mellencamp realizó una pausa entre canciones para lanzar una arenga contra el ex presidente Donald Trump y exigir a los presentes que votaran por Joe Biden. Dado que en Nueva York se desarrollaba un proceso penal en su contra, Mellencamp apuntó que "hay que impedir que ese tipo regrese la presidencia" y se refirió a sus simpatizantes en términos no muy amables y diplomáticos. Pero alguien del público interrumpió el sermoneo: "¡ponte a tocar música!", protestó, a lo que el cantante respondió, molesto: "¡tu no me dirás lo que debo hacer, tu no me conoces, no sabes nada de mí!", lo que bien pudo haber sido también la respuesta del público hacia el cantante.

Enseguida Mellencamp tocó algunas notas de uno de sus hits, se detuvo en seco y abandonó el escenario, pero ante las protestas se vio obligado a regresar y continuar con su presentación. Al finalizar Mellencamp se bajó del escenario sin despedirse a lo que uno de los asistentes, entrevistado por el matutino The New York Post refirió: "John (Mellencamp) ya no volvió a dirigir la mirada al público pero tampoco abandonó ese rostro de asco que parecía tener hacia su público", ese público que lo convirtió en estrella, lo hizo multimillonario, y ese público que compró boleto para escuchar sus canciones pero no para soportar sus sermoneos políticos.

John Mellencamp, anteriormente conocido como John Cougar, es un compositor talentoso con narrativas inspiradas en Dylan, Woody Guthrie y Bruce Springsteen, además de haber compuesto temas que reflejan prístinamente el alma del medio oeste norteamericano. Sin embargo, desde 1997 su trabajo ha sido intrascendente de modo que es fácil concluir que la mayoría de quienes asisten a sus conciertos pertenecen a esa franja de fans que se ubica entre los 50 y los 70 años de edad, gente que, si bien son de tendencia liberal en su mayoría, la izquierda radical del partido demócrata sin problema los ubica hoy como simpatizantes de Donald Trump.

John Mellencamp es parte de ese segmento en la industria del entretenimiento al que llamaremos los celebridiotas, esto es, gente famosa, mucha de ella indiscutiblemente talentosa, que por ese solo hecho se siente con derecho a aburrir a su público con discursería o propaganda política, en especial sus conciertos o en emisiones de entretenimiento que, se supone, nada tienen qué ver con la política.

El asunto no es nuevo, naturalmente. Desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt, el mundo de Hollywood no ocultaba sus simpatías por el Partido Demócrata e incluso leyendas como Mary Pickford, Humprey Bogart y Judy Garland participaban en mítines del Partido Demócrata (los republicanos hacían lo mismo con gente como John Wayne y Gary Cooper pero, como se sabe, desde siempre los demócratas han tenido una imbatible supremacía en la industria norteamericana del entretenimiento).
La diferencia es que rara vez esos celebridiotas expresaban sus opiniones políticas abiertamente en una película; Hollywood sabía en aquel entonces que su público no compartía sus opiniones, a la vez que millones de dólares roducidos por sus películas exitosas eran canalizados para financiar películas con temáticas "progresistas" que, se sabía, casi nunca arrojan las mismas ganancias en taquilla. Sin embargo, con la llegada de Barack Obama a la presidencia, Hollyood rompió este acuerdo tácito con su público y las consecuencias han sido catastróficas para la industria.

"Para muchas personas, entre las que me incluyo, el que alguien me quiera presionar para que cambie mis convicciones políticas es una invasión a mis decisiones personales, equivalente a exigirme qué posturas sexuales debo practicar con mi pareja", escribió el comediante Dennis Miller. "Si yo admiro el trabajo artístico de un pintor, un cantante o un actor, eso no le da derecho a que me diga cómo debo pensar o por quién debo votar".

El cantante Alice Cooper, pilar del shock-rock, definió el asunto perfectamente: "Si opinas de política en tus conciertos estás abusando del poder que te dan quienes compran tus discos y asisten a tus conciertos. A mí me habría irritado sobremanera que Duane Eddy hubiera dicho 'voten por Kennedy, Nixon es un psicópata', ¿sabes? Aunque viéndolo bien, no me habría ofendido tanto: ¡yo habría votado por Nixon!", dijo Cooper entre risas a la cadena AXS.

Gene Simmons, el vocalista del legendario grupo Kiss, tiene una opinión similar: "Creo que mis posiciones políticas son bien conocidas por el público, si las compartes conmigo, perfecto, y si no, también, nunca te forzaré a hacerlo. Pero esas opiniones nunca las difundiré sobre un escenario. Me importa un carajo si eres republicano o si eres demócrata, me interesa que vayas a nuestros conciertos y te la pases de poca madre con nuestra música. Pero te advierto que si insistes en meter a la política en nuestros conciertos te echaremos a patadas".

Brian Johnson, el legendario vocalista de AC/DC, sabe perfectamente que nadie compra boletos de sus conciertos para escuchar sermones políticos. "La gente que asiste a un concierto de AC/DC va a escuchar 'Thunderstruck' y 'Who Made Who' y no a que les digas '¡odio al presidente, ódienlo también ustedes!' Seguramente responderían' ¡cierra la boca, ponte a cantar, que para eso te pago! Me pueden considerar liberal pero para mí es más efectivo expresar mi opinión al momento de votar que hablar de política sobre un escenario... los fans no quieren sermones, quieren soltar adrenalina. En primer lugar, si lo hago quienes no estén de acuerdo contigo terminarán por odiarme y, en segundo, lo que diga no tendrá ningún efecto entre los fans y no me harán el mínimo caso: 'oh, ya nos dijo Brian Johnson por quién votar, pero cuánta razón tiene!", dijo Johnson en una entrevista con Eddie

Con todo, hay quienes defienden el mezclar la política en sus conciertos, como es el caso de Michael Stipe, ex vocalista de R.E.M.: "Nosotros somos ciudadanos comunes e igual nos afectan las malas decisiones de nuestros políticos. Es el equivalente a ir en un barco, ves cómo la popa, la proa o lo que sea se está incendiando y tu dices ''bah, eso está sucediendo en otra parte del barco, eso a mí no me afecta", dijo Stipe en una entrevista en la desaparecida emisión radiofónica Air America. "Si un país se hunde. nos hundiremos todos, no solo quienes votaron por los responsables del naufragio, por ello considero indispensable concientizar a nuestro público".

En tal sentido responde el analista y vloguero Michael Knowles: "Coincido parcialmente con esa opinión. Un problema con ese argumento es que, cuando los responsables del incendio en el barco son gente que está de tu lado político, te quedas callado y no te importa hundirte con todo y barco. ¿Han ustedes escuchado a gente como el cantante Michael Stipe denunciando que Joe Biden está llevando a la ruina al país? Bueno, yo tampoco".

De hecho, los celebridiotas han llegado a festejar que el barco se esté hundiendo con tal de defender a un presidente decrépito, incapaz de controlar sus esfínteres porque, aparentemente, cagarse en los calzones --otra faceta de cómo Biden la ha cagado como mandatario-- es hoy una virtud que merece ser celebrada como lo dejó en claro la conocida actriz Whoopi Goldberg en una reciente emisión de The View: "No me importa que Biden se haga popó en los calzones, yo lo hecho en ocasiones, prefiero eso a tener a Trump en la presidencia".

¡Cuánta razón tenía Napoleón Bonaparte cuando  advirtió cómo "el sentido común aplica por igual a ti y a tus enemigos. Cuando olvidas este concepto concedes media victoria a tus enemigos"! No parece casual que la más reciente película dirigida por Ridley Scott buscó destruir (sin lograrlo, por supuesto) la figura del mítico general.

Agrega Knowles: "En segundo lugar, debe quedar en claro a esas celebridades que quienes asisten a sus conciertos o compran boleto para ver tus películas lo hacen por tu talento, no porque seas gran amigo de los Clinton o los Obama".

El comediante liberal Jerry Seinfeld agrega respecto al tema: "no vas a cambiar de opinión a nadie diciéndole sobre un escenario que vote por tal o tal candidato. Si quieres hacerlo estás subestimando la inteligencia de quienes pagan boleto para ir a verte. 'Oh, sí, Jerry dice que las vacas deben ser exterminadas porque sus pedos afectan a la atmósfera terrestre, a partir de hoy dejaré de comer carne...' lo siento, amigos, eso no va a suceder".

Esa politización de los celebridiotas es más patética este 2024 ante un presidente totolmente indefendible como Joe Biden: "En los años de Bill Clinton se podría entender: Bill Clinton se enredó con Mónica Lewinsky pero, vamos, la economía se había recuperado, la inflación iba a la baja. ¿Pero cómo justificas sobre el escenario a un presidente que todo ha hecho mal y que nos ha dejado en una posición peor que en el 2020?", se pregunta Knowles.

El asunto cambia cuando, por ejemplo, se trata de conciertos para recaudar fondos a favor de un determinado candidato. En tal caso la gente sabe, incluso espera, que los cantantes y músicos suelten desmedidas alabanzas, o incluso que asistan a la Casa Blanca invitados por el mandatario de turno. Ahí sí es válido, como lo hemos visto muchas veces, que Robert de Niro, Barbra Streisand o Steven Spielberg le besen la mano a Hillary Clinton o a Barack Obama. Lo molesto, lo irritante, es que los celebridiotas suelten su sermoneo político en conciertos o eventos donde el público pagó boleto para disfrutar de su talento y no para aguantar arengas políticas.

"Es la misma dinámica que estamos viendo hoy en el cine", dijo Knowles, "usted y yo vamos a una sala de cine a disfrutar una buena historia, no a ver dos mujeres besándose, peor aun cuando es una película dirigida a los niños. Disney, no nos interesan tus políticas, no necesitamos que quieras meter esa ideología por nuestras gargantas y siempre la rechazaremos".

Finaliza Knowles: "Fue un tal Antonio Gramsci, un pensador marxista, quien propuso promover posturas 'progresistas' como mensaje en el entretenimiento pues creía que esa táctica resultaba más eficaz que el adoctrinamiento en las escuelas. Durante los años del estalinismo el cine, el teatro, la radio y todo el entretenimiento estaba politizado hasta la médula siguiendo este principio de Gramsci. Pero el hecho de que en la URSS nadie atesore orecuerde nada de esa spelículas, eoss libros y esas iobras de teatro donde la poklítica s eimponía sobr ela ghistoria. ¿Dónde están los equivalentes soviéticos, que no hayan sido disidentes, de Mark Twain, de Margaret Mitchell? Al final esos autores 'decadentes' son recordados, esto porque su obra contaba historia que conmovían o divertían a los lectores. Eso es lo que cuenta y lo que hace a un buen autor pasar a la historia".

"Con las políticas de identidad y toda la basura woke se acabó la seducción en el entretenimiento", apunta Ben Shapiro, otro vloguero. "Hasta hace poco una película buscaba seducirte con tus propuestas; sabías que lo único que buscaban era tu dinero y, claro está, meterte ciertas ideas socialistas en la cabeza, pero sabían cómo hacerlo y ello no te importaba si salías satisfecho tras ver una buena historia contada. Lo que hoy vemos es a alguien que se acerca, te dice 'al ver esta película tendrás que creer y a pensar igual que yo, y si te rehúsas te forzaré a hacerlo' Ese no es un método muy persuasivo: ¿por qué la mayoría de nosotros odiábamos de niños ir la escuela? Porque lo veíamos como un acto forzado."

Concluye Shapiro: "Todos tenemos algo que se llama mecanismo de defensa al cual solo lo puedes neutralizar con la sutileza. Por eso la basura woke nunca prenderá entre la población norteamericana. No es algo con lo que crecimos ni tampoco es algo que enriquezca la vida de este país".

La mejor manera de terminar con este adotrinamiento de los celebridiotas, señala Knowles, "es pegarles donde más les duele, es decir, sus ingresos económicos. Dejemos de ir a sus conciertos, de comprar boleto para ver sus películas, de comprar sus libros, de asistir a sus parques de diversiones. Vivimos en un país de libre mercado y somos nosotros, con nuestro poder adquisitivo, quienes tenemos el poder de premiar o castigar a quienes producen entretenimiento. Ya lo vimos con Bud Light, con Target y con John Deere. Castiguemos a todos aquellos que nos prometen una buena velada y a cambio nos quieren adoctrinar o a dar sermoneos que no necesitamos".


 

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